Indudablemente España
ocupó las tierras de la América Platina
dentro de las demarcaciones imprecisas de Tordesillas,
que le correspondían. Todo el estuario del
Río de la Plata, Santa Catalina y la Cananea
con sus provincias de Tape, Uruay, Parana, Guaira
y Jerez estaban al lado accidental de la línea
y, por consiguiente, tanto por el uti posedeti
de jure como por el uti posedeti
de facto le correspondían.
Sin embargo, la hábil
diplomacia lusitania, allá al final, triunfó
valiéndose de las ocupaciones públicas
y clandestinas de las ricas zonas y llegó,
de este modo, a producir la desmembración,
la mutilación de la posesiones españolas,
hecho que culminó escandalosamente con el
tratado de San Ildefonso de 1777 el cual legalizó
las usurpaciones de las tierras desde el Río
de la Plata hasta la Cananea y el altiplano paranaense
. El hinterland paranaense era jurídicamente
español tanto por el pacto sagrado de 1494
como por el esfuerzo de sus colonizadores. La Provincia
del Guaira como las otras del sud, no eran res
nullius y, sin embargo, los portugueses ocuparon
como tales la boca del Río de la Plata, la
Colonia del Sacramento, así como todas las
tierras del norte. Al avanzar Ruy Díaz de
Melgarejo hacia el altiplano del Piratininga y posesionarse
del Guaira no hizo otra cosa que ocupar lo que legítimamente
correspondía a su soberano. "Venía
del oeste para el este, dice Alfonso de Taunay,
del Paraguay en dirección del Atlántico
como una infiltración española a cuya
cabeza se puso Ruy Díaz de Melgarejo. Pretendía
impedir la expansión lusitana por las tierras
del sud, fijando el Paranapanema como límite
entre las dos coronas íberas. Sedimentóse
fuertemente la ocupación española
en tierras hoy paranaenses con la implantación
de trece grandes reducciones jesuíticas luego
prósperas. Estaban allá, además,
los españoles dentro de su demarcación
y en regiones legítimamente suyas, incontestables
a fe de bulas y de tratados".
En oposición
de esta corriente colonizadora que marchaba del
oeste hacia este y que fue obra de la Capital de
la conquista, Nuestra Señora Santa María
de la Asunción, que extendió su influencia
civilizadora a los cuatro vientos, de Santa Cruz
de la Sierra a Buenos Aires y de Concepción
del Bermejo a las tierras del Guaira y del Uruguay,
surgía otra, la contraria del este al oeste,
de San Andrés de Piratininga, que extendió
los dominios del Rey de Portugal hasta lugares inimaginables.
"La conquista de la tierra del Brasil fue antes
de todo particular" dice Licinio Cardoso. Fue
obra de los mestizos de San Pablo que realizaron,
como las hordas de Atila, sus invasiones desvastadoras
que obligaron a los núcleos españoles.
Abandonados a su suerte, a huir y dejar el campo
libre a sus enemigos. Estas primeras expediciones,
según el mismo Cardoso, las realizaciones
por cuenta propia, independientemente de los deseos
de la madre patria.
Cuando García
de Vergara echó los cimientos de la Villa
de Ontiveros como principio de la ocupación
efectiva de la otra banda del Paraná, los
jesuítas acababan de fundar el Colegio de
Piratininga, origen de San Pablo, en 1554, de modo
que el centro de donde tenían que salir las
bandeiras necesitaba aún bastante
tiempo para su expansión e iniciar las célebres
entradas.
Los "cazadores
de esmeraldas" y más tarde de "indios"
desepeñaron, al sentir de los historiadores
brasileños, papel importantísimo en
la formación del país de ellos; hicieron
lo que no ejecutaron los amos europeos enseñoreados
de la costa del Atlántico. "¿Qué
sería el Brasil sin las entradas?" se
pregunta Taunay: "estrangulado por el meridiano
de Tordesillas, reducido a menos de un tercio del
que lo es" contesta.
A pesar de las falaces
promesas lusitanas, los paulistas fueron poco a
poco dilatando la zona de sus operaciones por la
comarca paranaense, por Santa Catalina y por la
Provincia del Tape. Se movían al impulso
de instintos ancestrales, sin conciencia del papel
que estaban desempeñando en la historia del
Brasil, sin pensar en que las generaciones de esta
nación les levantarían estátuas
como a héroes de leyendas, como a constructores
de la nacionalidad. Se movían, de inmediato,
arrastrados por la ganancia que les proporcionaban
los dos, tres y cuatro mil infelices indios arreados
mansamente y vendidos a los grandes "facendeiros"
que como aquel Manuel Preto, establecio cerca de
San Pablo, adquirían en grandes cantidades
para hacerlos trabajar. Las víctimas primeras
fueron los guaraníes de los fondos orientales
de la Provincia del Guaira. Para cazarlos, los "bandeirantes"
bajaban del altiplano, como avalanchas avasalladoras,
llevando todo por delante a sangre y fuego, destruyendo,
matando y arriando a los infelices como a reses
para el matadero. La felicidad encontrada en "la
operaçâo do trafico escravista vermelho",
por la falta de defensa en que se hallaban los naturales,
las reducciones y, en general, las poblaciones españolas,
les estimulaba. Tanta fue la cosecha del tráfico
que la "mercadería" llegó
a desvalorizarse: "Como siempre na sua historia
economica esse exceso de actividade numa só
preopaçâo trouxe para a capitania a
crise inevitavel de super abundancia; o indio-escravo
se desvalorisou chegou a ser vendido por 4$000"
dice Paulo Prado. "O mercado de escravo indios
ficou de tal modo inundado por esta importaçao
do Guaira, que o preco de um bom escravo indio desceu
de cem mil reis" dice la cita de V. Correa
Filho en su "As raias de Matto Grosso".
Se calcula en 60.000
los indios esclavizados y en 15.000 los muertos
en los diversos asaltos y en el largo y penso camino
a San Pablo.
| El Guaira y sus Habitantes |
|
. |
| Invasiones de los Mamelucos |
|
|
|
| Viajes, Expediciones y Fundaciones |
|
. |
|
*Nota: Todos los escritos
en los cuadros fueron extraídos de la obra
"El Guairá, Historia de la Antigua Provincia"
del autor guaireño
Ramón
I. Cardozo.