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La gran invasión de 1628

En agosto de 1628 la historia registra las avalanchas devastadoras más grandes de esas entradas, estimuladas por la impunidad y también, por qué no decirlo, por la complacencia y aún protección oculta de las autoridades portuguesas. "La corte de Lisboa, dice Oliveira Lima, hizo cuanto pudo para estimular los esfuerzos de sus súbditos coloniales, con lo que quiero decir que no les faltó nunca su protección exceptuando, y esto hasta cierto grado, el episodio holandés, y que jamás escatimó su simpatía a una actividad que por demás le interesaba como a nadie.

Antonio Raposo Tavares, secundado por el otro no menos célebre "cazador de indios", Manuel Preto, se lanzó contra las reducciones que con tanto entusiasmo acababan de fundar los jesuítas en el oriente guaireño y las arrasó e infundió terror pánico entre indios, jesuítas y pobladores castellanos. "Las escenas crueles de 1629, dice Taunay, al agrupar diez mil siervos rojos para San Pablo, representa el primer paso para la conquista de la tierra representa el primer paso para la conquista de la tierra de cerca del Paranapanema. Despavoridos huyen Parana abajo los jesuítas con el resto de los catacúmenos abandonando Loreto y San Ignacio. Se refugian en las regiones mesopotámicas paranouruguayas que creen cubiertas cubiertas de los terribles y odiados "portugueses de San Pablo". Restan los núcleos de Villa Rica y Ciudad Real y dentro de breve Antonio Raposo Tavares bloquea a la primera. Socorrida por el valeroso prelado la resistencia inútil y así ordenó el abandono de aquella plaza, ya casi secularmente española, y se retira con todos los colonos castellanos más allá del Parana después de varias refriegas con el impetuoso enemigo".

"Propagábase la fe en el Guaira, dice el P. Techo, y era de esperar que muy pronto toda aquella región fuera cristiana, cuando Satanás, irritado al ver los progresos de sus enemigos, reunió sus fuerzas, y ya por sí, ya por medio de los mamelucos, aliados suyos para el mal, proyectó destruir las nacientes reducciones, y en parte la consiguió".

El mismo padre cuenta las diversas entradas de los mamelucos en las misiones del Guaira. La primera en ser destruída fue la reducción de San Antonio, por las turbas de Simón Alvares, de donde se llevaron dos mil quinientos indios, aunque, después, muchos se escaparon. Luego les tocó el turno a San Miguel y Jesús María donde fue apresado el famoso cacique Güyrabera. Los PP. Maceta y Van Furk acompañaron a los cautivos y el primero llegó hasta Río de Janeiro para mediar a favor de sus neófitos. Estas divastaciones produjeron, naturalmente, una reacción desfavorable en las reducciones en contra de los padres por la falta de defensa hasta acusárseles de complicidad con los mamelucos.

Las reducciones de San Javier y de San José fueron evacuadas y luego, todas las demás.

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*Nota: Todos los escritos en los cuadros fueron extraídos de la obra "El Guairá, Historia de la Antigua Provincia" del autor guaireño Ramón I. Cardozo.